Evolución reciente del yihadismo en Túnez, una larga condena por los errores del pasado

By Sergio Altuna

First published by Elcano Royal Institute – Real Instituto Elcano

El sector turístico en Túnez parece vislumbrar la luz al final del túnel; durante los últimos meses varias compañías turísticas han anunciado que reanudan sus viajes a la pequeña república norteafricana y el nefasto impacto de los ataques terroristas de 2015 –en el Museo Nacional del Bardo y en un complejo turístico de Susa– comienza a desvanecerse. Sin embargo, el estado de emergencia, declarado en noviembre de 2015 tras un atentado suicida contra un autobús que transportaba miembros de la Guardia Presidencial, sigue en vigor. De hecho, desde que triunfase la Revolución el 14 de enero de 2011, Túnez apenas ha conocido 16 meses fuera de este régimen de excepción. Antes de la Revolución, el estatus de Túnez como socio privilegiado de Occidente en la región se sustentaba, entre otros, en la sensación de seguridad que irradiaba. Los diferentes instrumentos del Estado se afanaban en presentar el fenómeno yihadista como algo ajeno al país, un cuerpo externo cuyas escasas manifestaciones intramuros nada tenían que ver con el país, sino que provenían del extranjero. Ahora bien, la militancia de tunecinos y su importancia en redes yihadistas internacionales era más difícil de enmascarar. El Grupo Combatiente Islámico Tunecino –responsable, entre otros, del asesinato de Ahmed Sha Massaoud– o el nombre de algunos de aquellos tunecinos afganos, como Nizar Trabelsi, Sami ben Khamis Essid o Tareq al-Maaroufi, que acabaron conformando algunas de las primeras redes de al-Qaeda en Europa (en Bélgica e Italia, por citar algunos ejemplos), deberían resultar familiares. De infausto recuerdo es también el papel que desempeñó Serhane Ben Abdelmajid, “El Tunecino”, como jefe accidental de la trama operativa local del 11-M.

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